¿Quién lavará las ventanas del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México?


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NAICM: ¿Quién lavará las ventanas?
Raúl Rojas González*

¡No cabe duda!, México es un país de realidad desaforada, una verdadera aventura de la imaginación (para aludir a García Márquez refiriéndose a América Latina). Basta ver el aeropuerto que ya se está construyendo en el antiguo lago de Texcoco, el llamado Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (NAICM), con una capacidad anual planeada de hasta 68 millones de pasajeros al inaugurarse y con seis pistas de aterrizaje en su expansión final.

Aparte de las cuestiones ecológicas –también muy importantes– resulta que la zona del lago de Texcoco se hunde hasta 30 centímetros por año. Y sin tener construcciones encima. Es consecuencia de la sobrexplotación del manto acuífero en las profundidades del Valle de México. Reportes periodísticos indican motoconformadoras que se atascan en el barro del lago, vehículos varados que hay que desatascar de inmediato antes que los devore un subsuelo que ahí es una esponja de tierra preñada de agua.

Según informa la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), el NAICM tiene un costo esperado de 13 mil millones de dólares (Desarrollo efectivo de megaproyectos de infraestructura: El caso del Nuevo Aeropuerto Internacional de Ciudad de México, OCDE, 2015). En perspectiva, esto representa cuatro veces más que el costo del aeropuerto de Pekín, inaugurado en 2008, antes de los Juegos Olímpicos en China. ¿Quién fue el arquitecto de aquel aeropuerto? Nada menos que sir Norman Foster, quien ahora, en mancuerna con el yerno de Carlos Slim, ha logrado capturar el proyecto del NAICM.

Si se hubiera buscado el peor terreno para construir una megaobra como la propuesta, a cualquiera se le hubiera ocurrido utilizar el lago de Texcoco. Ahí está y aparentemente no sirve para nada. Resulta que para apuntalar la pista de aterrizaje y los edificios del NAICM habrá que hundir pilotes de entre 30 a 60 metros en el subsuelo, cada cinco metros. Y aun así se reporta que habría un hundimiento de unos pocos centímetros al año.

Ya en los años 70 hubo otra megaidea para la misma zona. La Comisión Nacional de Energía Nuclear elaboró el Plan Texcoco. Consistiría en desecar la tierra arcillosa del lago para convertirla en una hondonada de gran capacidad. El agua de las lluvias en el Valle de México podría así ser dirigida hacia la cuenca, donde un reactor nuclear operaría una desalinizadora día y noche para bombear el agua ya tratada en el subsuelo de la Ciudad de México. ¡Es en serio! El proyecto fue propuesto a las autoridades mexicanas por Nabor Carrillo Flores (Luz Fernanda Azuela y José Luis Talancón, Contracorriente: historia de la energía nuclear en México, 1945-1995, 1999). Aventura de la imaginación: Ciudad de México con reactor nuclear.

El NAICM es la nueva acometida de la audacia. Ya sabemos lo que ocurre con arquitectos que planean en la computadora y olvidan los costos de construcción y, sobre todo, el mantenimiento de sus obras. El propio Norman Foster tiene experiencia en este tipo de tropiezos. Su despacho de arquitectos diseñó la alcaldía de Londres, una quimera redonda de metal y cristal. Requiere una inversión de 140 mil libras al año sólo para limpiar las ventanas. El edificio, no muy grande pero curvo, tiene 3 mil ventanas en total. En la ciudad de Berlín, Norman Foster diseñó la biblioteca de la Universidad Libre, una semiesfera de paneles de metal y cristal. Cuatro años después de inaugurada goteaba por todos lados. La sustitución de los empaques de las ventanas, que pierden regularmente su hermeticidad por lo curvo de los paneles, cuesta 60 mil euros al año. Norman Foster –enamorado del cristal y de las formas voluptuosas– sólo hace el diseño y deja la construcción a otras empresas, son éstas las que a la larga responden por los daños o altos costos de mantenimiento. En tanto, él ya diseña otro trofeo arquitectónico.

Pero regresemos al NAICM. En sólo 10 años las pistas de aterrizaje apuntaladas van a sobresalir muy por encima del resto del terreno circundante. Serán pistas de aterrizaje como montículos, como alargados trapecios. Sólo hay que ver los renderings del proyecto para apreciar algo también preocupante. La piel del nuevo edificio va a consistir exclusivamente de decenas de miles de ventanas triangulares, montadas en una estructura de bóveda catenaria, decenas de metros sobre el nivel del suelo. El volumen de la terminal aérea será descomunal. ¡No me puedo imaginar una manera barata ni de enfriar ni de calentar el aire en su interior! Ignoro si Norman Foster se ha dado sus vueltas por el AICM. Pero si pasara por la Terminal 2 constataría que es, a veces, un refrigerador. Con su superficie inmensa de ventanas el NAICM va a alternar entre frigorífico y horno. Pareciera que, consciente del problema del terreno, Norman Foster hubiera decidido hacer una tienda de campaña de vidrio para minimizar el peso de la obra. El agua de las lluvias será captada en hundimientos instalados estratégicamente a lo largo de la piel del NAICM. Ese será el talón de Aquiles del NAICM. Conociendo la experiencia de Berlín, habrá que ir comprando cubetas para las goteras.

Si la alcaldía de Londres paga 140 mil libras para que laven las ventanas, ¿cuánto va costar limpiar todas las ventanas del NAICM? Las grandes polvaredas que afligen a la CDMX vienen precisamente del oriente. En el NAICM van a encontrar una enorme superficie anhelante de que ahí se fije la tierra en suspensión aérea. Ya le busqué a los renderings por todos lados. Con la estructura catenaria invertida no hay manera de que aguerridos trabajadores de limpieza vayan de expedición escalando sobre la piel de vidrio, que además será vidrio ligero. ¡Ni el hombre araña lo lograría!

Arquitectos van y arquitectos vienen. Lo que se queda son sus megaobras. Quizás hoy habría que comenzar a pensar no en megaproyectos concentrados en Ciudad de México, sino en un desarrollo sustentable y compartido. Habría que pensar, tal vez, en las ciudades aledañas y cómo edificar una estructura aeroportuaria distribuida para evitar que en CDMX sigan creciendo sin ton ni son, con aeropuertos que Tlaltecuhtli, la vengativa diosa náhuatl de la tierra, espera con ansia para devorarlos.

* Premio Nacional 2015 en tecnología y diseño, profesor del Año 2015 en Alemania, coordinador del área de inteligencia artificial en la Universidad Libre de Berlín y del Proyecto Autonomous Car (Auto sin Conductor).

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2017/01/06/opinion/019a1pol

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