La lucha que se avecina entre el “movimiento económico nacionalista” de Donald Trump y las grandes corporaciones


David Brooks J.Jaime Hernández

Bravo Norte/Sur

En los cuarteles generales de Apple Inc en Cupertino, California, la broma de estos días es:

¿Y, entonces, cuándo vendrá el presidente Trump a decirnos cómo fabricar computadoras, Ipads o relojes dentro de Estados Unidos?

En ese mundo de Silicon Valley, donde todos los días se gestiona el futuro que se traslapa con el presente, la broma es de carga profunda.

Entre otras cosas porque, a lo que se tendrán que enfrentar a partir del próximo mes de febrero —si hacemos caso a Steve Bannon, el principal estratega de Donald Trump—, es al desafío de navegar a contra corriente de un “movimiento económico nacionalista” sin precedentes desde la década de los años 30.

Es decir, una forma de involucionismo redentor que buscará resarcir a la clase media de todos los males que han sufrido por culpa de la globalización. Esa que, en opinión de Bannon, ha irrumpido para beneficiar a la clase media en países de Asia o América Latina, pero a costa de la clase media en Estados Unidos.

“Será tan excitante como en la década de los 30 y más grande que la revolución de Ronald Reagan, en la que conservadores y populistas, se sumarán a un movimiento económico nacionalista”, aseguró Bannon en una reciente entrevista con la revista Hollywood Reporter.

Ahora bien, imaginemos por un momento, que los sueños de impulsar un “movimiento económico nacionalista” sigue adelante ante la complaciente mirada de Donald Trump.

¿Cómo es que empresas multinacionales como Apple harán frente a este intento por retornar a la década de los 30, con un modelo económico que prodigará el proteccionismo y el cierre de fronteras?

Para darnos una idea, habría que recordar que Apple es una empresa que, en tan sólo 40 años, se ha convertido en uno de las marcas de mayor éxito a nivel mundial y en uno de los modelos de negocios más innovadores en todo el mundo.

Una empresa que, tan sólo en Estados Unidos, cuenta con más de 100 mil empleados y unos ingresos anuales superiores a los 200 mil millones de dólares.

Y eso sin contar con la red de empresas contratistas y la inmensa plantilla de trabajadores que tiene fuera de Estados Unidos, ni con unos ingresos que terminan en Irlanda, una nación que cobra una de las tasas fiscales más bajas para sociedades corporativas en todo el mundo.

Gracias a ello, Apple ha podido evitar pagar el impuesto corporativo del 35% que EU aplica a  las ganancias que generan muchas empresas multinacionales de bandera estadounidense en el extranjero.

Por esta razón, Apple tiene fuera de Estados Unidos un monto que supera los 215 mil millones de dólares en efectivo, además de varios miles de millones en inversiones. Este capital también es la causa de que la Unión Europea le reclame el pago de los impuestos que genera ese tesoro en Irlanda.

Bien. Hasta aquí todo parece “lógico” ante la decisión del gobierno de Donald Trump de meter en cintura a empresas que, como Apple, se han enriquecido mientras trasladaban sus operaciones al extranjero y protegían sus ganancias del fisco estadounidense.

Y todo ello, mientras cientos de miles de trabajadores en estados como Michigan, Pennsylvania, Ohio o New Hampshire se quedaban sin trabajo.

En otras palabras, Trump se ha propuesto vengar a esa clase trabajadora. Terminar con la cultura empresarial de unas corporaciones que, durante años, han sometido a su voluntad a una larga lista de gobiernos temerosos de perder miles de puestos de trabajo y con ello generar un ambiente de crisis, descontento e inestabilidad en distintas partes del mundo.

Muy bien. Ahora, asumamos por un momento que, en el inicio de la presidencia de Trump, una empresa como Apple, no tiene más remedio que acatar la ley y adaptarse a las nuevas reglas del juego prometidas por el nuevo gobierno.

Supongamos que es así. Así es que, con el fin de simplificar el grado de dificultad que este cambio implicaría para un gigante como Apple, imaginemos sólo la cuota de producción en una de sus más importantes plantas.

Como, por ejemplo, la de Chengdu, capital provincial de Sichuan en la parte suroeste de China, donde el más importante contratista de Apple, la empresa, FoxConn, tiene una plantilla de más de 250 mil trabajadores para fabricar Ipads o computadoras.

Pregunta: ¿De dónde sacará Apple 250 mil trabajadores para reemplazar a los que perderá tan sólo en la planta de producción de FoxConn en Chengdu?. Sí, solo una de las decenas de plantas que Apple tiene repartidas por toda Asia.

Y otra más: ¿será capaz de asumir los gastos que supone pasar de un salario per capita de entre 300 y 400 dólares al mes en China, a los más de 2 mil dólares que tendrá que pagar como mínimo a un obrero en Estados Unidos?

Pero las preguntas no terminan aquí.

Trabajadores de Apple consultados por La Jornada, pero que han pedido el anonimato, añaden las siguientes interrogantes:

“¿De dónde sacaremos los insumos?. Es decir, el aluminio y los polímeros que obtenemos fácilmente dentro de China o Japón para alimentar nuestras líneas de producción y sin necesidad de importarlos desde Estados Unidos mediante un elevado gravamen?

“¿Cómo seremos capaces de satisfacer la demanda mundial de nuestros productos si tenemos que reconcentrar a toda nuestra fuerza trabajadora en Estados Unidos?

“¿Cómo vamos a seguir contando con los ingenieros que hemos contratado de países como México o la India con visa H1B para poder enfrentar la carga de trabajo y demanda en Estados Unidos?”

Y, así, la lista de preguntas y dudas son interminables para gigantes corporativos como Apple ante el inicio de la era Trump que ha prometido retroceder las manecillas del reloj en el terreno de los tratados comerciales que han permitido a Estados Unidos beneficiarse, más que nadie, de la globalización y de la llamada “economía de escala”, esa que reduce al máximo los costos de producción mientras engorda las ganancias de los monopolios a escala planetaria.

Así es que, sumándonos a la broma de los empleados y técnicos de Apple en Cupertino:

¿Cuándo les dirá el presidente Trump, la mejor forma para que Apple inicie la repatriación de trabajos y capitales y produzca los bienes que hoy son objeto del deseo de un mercado internacional insaciable, sin causar la extinción de uno de los modelos empresariales más poderosos e innovadores de la era moderna?

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/ultimas/bloggero.info?bravo-norte-sur/entrada_2016-11-23

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