¿Qué hacer en México?


 
 
 
Guillermo Almeyra
 
Dos importantes artículos en La Jornada (el primero de Miguel Concha, del 4 de enero, y el segundo de Víctor M. Toledo, del 7), expresan, a mi juicio, las puntas más altas del proceso de reflexión política que se está produciendo en México.

En efecto, ¿quién, en su sano juicio, puede creer que, por sí solo, y con sus solas fuerzas, puede encauzar la protesta y la desesperación de los trabajadores y los oprimidos de México ante la destrucción de las bases mismas de la independencia del país, de los derechos democráticos y de las conquistas elementales que tanta sangre costaron? ¿Quién puede negar que es necesaria la unidad de todos los que, con distintas ideas y orígenes políticos y sociales, a pesar de sus diferencias, dentro de una izquierda social –que no incluye a los firmantes del Pacto por México ni a oportunistas semejantes– estén dispuestos a luchar en común por algunos puntos fundamentales: la anulación de las leyes sobre el petróleo y los recursos del subsuelo, y sobre la educación y las normas laborales, la desmilitarización del país, el castigo a los responsables de crímenes contra la población, los derechos de los pueblos indígenas, el fin del feminicidio y la violencia contra las mujeres y de toda discriminación de género o de etnia, un plan de fomento a los campesinos para obtener al menos la seguridad alimentaria, la anulación de los tratados con Estados Unidos lesivos de los intereses del pueblo mexicano, un plan para la energía y el agua, de desarrollo de las regiones y los pueblos? ¿Quién puede creer todavía que la oligarquía respetará resultados electorales desfavorables y esperar barrer a los bandidos internacionales y los narcos colocando muchos papelitos en las urnas? ¿Quién puede hacer de necesidad virtud y pretender convencer a los demás de que la resistencia en un pequeño territorio, por importante que sea desde el punto de vista político y moral, basta por sí misma, desvinculada de los obreros en lucha, de los campesinos, de los millones que quieren preservar jirones de conquistas y de la maltrecha democracia? ¿Quién puede esperar matar al monstruo, al capital financiero y sus agentes locales, que ahogan a México, en orden disperso y a miles de alfilerazos?

La unidad de los de aquí contra los explotadores es una tarea imperiosa como dice Miguel Concha, y no supone el abandono de ideas y posiciones por nadie, sino privilegiar los puntos en que se coincide con otros para construir sobre ellos. Contra esa unidad sólo pueden estar los sectarios incurables junto a los agentes de las fuerzas nacionales e internacionales que están destruyendo la existencia misma de México después de haber destruido las bases de la economía campesina y las protecciones legales, por mínimas que fueran, a los trabajadores, para explotarlos más y mejor.

La vía de la construcción de las bases de poder popular, de gérmenes paraestatales de la autonomía y la autogestión en el territorio, con las policías comunitarias, las autodefensas, la discusión y resolución de los problemas en asambleas, como destaca Toledo, es la única democrática y anticapitalista posible para enfrentar al neoporfirismo cuando tanto el camino insurreccional como el electoral están cerrados. En esa construcción se forja la solidaridad popular, se ejercita la democracia de masas, sustituyendo a los Líderes y los Iluminados que hablan en nombre de todos, se ejercita la autorganización popular y se estimula el desarrollo de líderes naturales locales.

Pero, sobre todo, la extensión y la unificación nacional de esa democracia militante de base, enraizada en la defensa del territorio y en su control y reorganización, pone los fundamentos de la resistencia civil en todo el país, apoyando los movimientos obreros o cívicos en las zonas urbanas y empieza a preparar, en los hechos, las bases para un Constituyente obrero, campesino y de la izquierda social mexicana que pueda restructurar todo el país sobre bases anticapitalistas.

No hay solución dentro del capitalismo para la miseria en las zonas indígenas, golpeadas además por la emigración y por el empeoramiento de su inserción en el mercado de trabajo, de artesanías, de productos e insumos y tampoco se obtendrán los derechos indígenas cuando el capitalismo para reconstruir y aumentar su tasa de ganancia niega todos los derechos de todos. La educación es para el capitalismo un obstáculo para la explotación y debe reducirla al mínimo. La exportación de mano de obra en condiciones de semiesclavitud a Estados Unidos sustituye los ingresos del turismo en crisis y sustituirá la exportación de petróleo como fuente de divisas para el Estado, mientras las remesas de los emigrados reemplazarán cada vez más a éste en sus responsabilidades hacia los campesinos y las regiones rurales: si este régimen de explotación destructor e inhumano subsiste, el país se vaciará aún más en gente y en recursos.

Por tanto, la lucha por los derechos democráticos de todo tipo y por la defensa de las conquistas democráticas obtenidas por la Revolución Mexicana está unida a la defensa intransigente de los bienes comunes y del ambiente, y se opone al extractivismo que destroza el territorio y destruye los sindicatos mineros, a la utilización del agua (mediante represas) y del petróleo para fortalecer la economía estadunidense, a la política capitalista financiera e industrial que pone el lucro, a cualquier costo humano o ambiental que sea, por sobre las necesidades de los mexicanos y de México.

Como en Bolivia, si se quieren elecciones limpias, hay que ganarlas antes con la resistencia civil y en la calle; si se quieren derechos indígenas, hay que imponer un Constituyente que legalice la pluralinacionalidad; si se quiere democracia sindical, educación, protección a los niños, hay que unir la lucha antiimperialista con la lucha anticapitalista.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/2014/01/12/opinion/016a1pol

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