La mundialización como espectro del capitalismo


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Savas Mikhail

Michael Savas-Matsas

Intervención en el Encuentro Internacional por el 150º aniversario
del Manifiesto Comunista, París, 13 al 16 de mayo de 1998.

Savas Mikhail

1. En 1978, la grotesca aparición de los pretendidos ‘nuevos filósofos’, marcó un giro a la derecha, el agotamiento de la radicalización del 68, el inicio de la ofensiva neo-liberal, sostenida por la desregulación de los mercados que acababa de comenzar entonces; en 1993, la publicación de Los Espectros de Marx, de Jacques Derrida, representa un giro de signo opuesto, un giro a la izquierda, el final de la euforia capitalista que siguió a los cataclismos históricos de 1989/1991 en el Este, una oposición y una resistencia crecientes al neoliberalismo y el ‘retorno del rechazado’, la reaparición del fantasma del comunismo que no dejó de atormentar al mundo capitalista desde la publicación del Manifiesto del Partido Comunista, hace ya 150 años.

La sorpresa fue inmensa, tanto entre los marxistas —que en su gran mayoría, aún se encontraban en una situación de estupor y extrema confusión trás el derrumbe del ‘socialismo real’—, como entre los antimarxistas ‘postmodernos’ que acababan de perder su punto de referencia privilegiado: su rechazo del proyecto de emancipación revolucionaria. Era como si la implosión de la URSS y del ‘campo socialista’ hubiese sido seguida por la implosión del campo ‘postmoderno’.

Los Espectros de Derrida iban más lejos aún: en su condena inequívoca tanto moral como política del triunfalismo capitalista, revelaban la falta de sustancia, la inmaterialidad de la victoria de ‘los amos del mundo’.

Más que una marca del pasado, Los Espectros de Marx son una anticipación de “un mundo que viene”, la manifestación de “esa débil fuerza mesiánica” de la que habla Wálter Benjamín, y a la que retorna Derrida.

Ya hubo varias lecturas discordantes de Los Espectros de Marx, tanto de marxistas como de no marxistas, y varias críticas, fundadas como infundadas. Situándonos siempre, en un campo materialista dialéctico-histórico, inaceptable para la deconstrucción, y manteniendo nuestros propios puntos críticos, sostenemos que los Espectros de Derrida, guardan un valor teórico que sobrepasa su valor como síntoma de cambio de coyuntura o su importancia política como una valiente toma de posición en un momento histórico extremadamente difícil para aquellos que participan de la lucha y alimentan la esperanza de una transformación radical del mundo.

El concepto de lo ‘Espectral’ —o mejor, la ‘constelación de espectralidad’ para utilizar el término de Frédéric Jameson— con todas sus resonancias, correspondencias, raíces, en la tradición marxista, remontando hasta sus orígenes y al Manifiesto de 1848, puede ser muy útil, hasta vital, en un trabajo de auto-emancipación del marxismo de toda ‘ontologización’, de toda reducción a una metafísica (el ejemplo stalinista fue el más monstruoso y denunciado, pero de ninguna manera único o superado). Al mismo tiempo, la elaboración del concepto de la espectralidad en el campo marxista puede ofrecer una nueva perspectiva en el análisis de procesos complejos, a menudo oscurecidos bajo el significante en boga de ‘mundialización’.

La exploración puede y debe ir más allá de la región ya examinada por Derrida. También puede y debe avanzar en la dirección opuesta por la decontrucción: en el espacio de la crítica marxista de la economía política, basada metodológicamente en la lectura materialista renovada y siempre abierta de la dialéctica hegeliana.

En esta perspectiva, la mundialización y el comunismo pueden ser tomados no como objetos estáticos, cerrados sobre sí mismos, y en una relación exterior de oposición permanente, excluyéndose mutuamente, sino, por el contrario, en su relación histórica interna.

Esto último se encuentra ya inscripto en el núcleo teórico central del Manifiesto del Partido Comunista.

Diferenciándose de todos los reformismos, del utopismo abstracto y los restantes simulacros de socialismo, el Manifiesto muestra que ‘la perspectiva y el carácter internacional de la revolución social y del comunismo son generados en el seno de la sociedad burguesa, en sus contradicciones, en sus tendencias a revolucionar-mundializar las fuerzas productivas, que en cierto punto del desarrollo histórico escapan a todo control capitalista. La época burguesa, rompiendo con las épocas precedentes, por la universalidad y la permanencia de los cambios que introduce, desemboca en la más radical de las rupturas: la ruptura comunista con todas las formas de propiedad, de división de clases, de explotación, de opresión y con todas las ideas recibidas de una historia que no es más que la historia, hasta nuestros días, de la lucha de clases’.

Sobre esta base, establecida por el Manifiesto, lo que aparece, sobre todo para sus enemigos, como el Espectro del Comunismo, se transforma en una fuerza social en acción, el proletariado organizado como clase revolucionaria, en partido armado políticamente con su Manifiesto y su programa.

2. Se puede explorar la lógica de esta transformación dialéctica del Espectro, nacido de las tendencias mundializantes de la sociedad burguesa, en Partido proletario de la revolución comunista mundial. Nuestra aproximación se apoya y se articula alrededor del pasaje del Ser a la Esencia, como se presenta al comienzo del segundo libro de ‘La Ciencia de la Lógica’ de Hegel. Es aquí que comienza “el camino de la extralimitación del ser, o más bien de la intralimitación en este mismo (ser)” (1). Este pasaje de la inmediatez del ser hacia su movimiento interno es la entrada y al mismo tiempo el hilo de Ariadna en el laberinto de las apariencias, de los fenómenos y de la efectividad de la mundialización capitalista contemporánea.

La esencia en el sentido hegeliano (y marxista) no tiene un contenido metafísico. No está ni más allá ni más acá del ser, ni es un sustrato estable, sino “su propia dimensión en profundidad, la interioridad de su movimiento y de su devenir” (2).

Este movimiento es negatividad o reflejo para utilizar el lenguaje hegeliano. Por lo tanto, la relación interna entre las tendencias hacia la mundialización y hacia el comunismo, en el seno de la sociedad burguesa, pueden ser vistas como una relación reflejada, de negatividad que niega su negación, que se desarrolla en distintos momentos.

Siguiendo el orden lógico hegeliano, pueden ser despejados tres momentos de desarrollo.

I. El reflejo que se postula, la negación que plantea la relación en la inmediatez;

II. El reflejo exterior separando los polos de la relación y;

III. El reflejo determinante, un acto de determinar que retoma determinaciones opuestas en sí (3).

3. Un plan general de análisis de esta espiral de relaciones reflejas puede esbozarse así:

I. La mundialización como positividad que se opone al comunismo (Reflejo que se postula) o La mundialización como lo que reduce el comunismo a un espectro

a) La mundialización se ha convertido en la referencia ideológica dominante sobre el comunismo y en sinónimo de ‘la completa y definitiva victoria del capitalismo sobre el comunismo histórico’.

El carácter hueco de esta declaración puede llevarnos al otro extremo, creer que la mundialización es sólo un artificio mediático capitalista. Su forma ideológica es un reflejo deformado y deformante de un proceso real, profundo, de larga duración histórica.

En su fase más reciente, la de la financierización desregulada planetaria, este proceso de mundialización ha devenido la base de la ofensiva internacional (y de las ilusiones) del neoliberalismo.

Al mismo tiempo, la mundialización capitalista ejerció presiones gigantescas sobre las sociedades y economías llamadas de tipo soviético, exacerbando todas sus contradicciones internas, acumuladas en décadas de aislamiento y gestión burocrática, y que las burocracias dominantes ocultaban en nombre de la “victoria completa y final del socialismo en un solo país”.

La impasse y la caída de los regímenes burocráticos stalinistas en 1989-91 y el giro sin disfraces hacia la restauración capitalista por iniciativa de la misma elite dirigente, rompiendo cualquier relación, aún retórica, con la herencia revolucionaria de Octubre de 1917, provocó un shock enorme, sin precedente histórico en el mundo entero. Toda la armadura apologética capitalista, del neoliberalismo, del ‘pensamiento único’, etc., fue movilizado para explotar al máximo ese shock histórico, presentando a la mundialización capitalista como una fuerza natural irresistible que pudo, con gran éxito, reducir al comunismo a un espectro del pasado, al fantasma de un muerto.

b) La mundialización bajo esta forma ideológica grotesca , anunciando el fin, no sólo del comunismo, sino de la Historia, con H mayúscula, el fin de la lucha de clases, la desaparición de las clases, la muerte de la política, etc., etc., ha devenido la ideología de la no ideología.

En nombre de la superación de las encrucijadas ideológicas, ha avanzado un ultraideologismo, que a pesar de su autoproclamada victoria no cesa de emprender una cruzada de desfiguración sistemática del devenir histórico y de descomposición de cualquier concepto.

Una de las formas más en boga es la separación dualista del cuerpo histórico del comunismo —toda su historia de luchas, de los partidos obreros, de las organizaciones políticas y sindicales, de las tendencias, de las escisiones, de las reunificaciones, de los programas y las políticas diferentes y opuestas, de las victorias, de las tragedias, en suma, de toda la tradición de los oprimidos, como la llamaba W. Benjamin, de su espíritu.

El cuerpo debe quedar bajo tierra —o mejor aún, bajo el barro— el lugar reservado a los muertos, a fin de que su espíritu, que se niega a desaparecer, se vuelva inofensivo.

Hay un precedente histórico: cuando terminó el primer período revolucionario del cristianismo y comenzó su estatización —la institucionalización de Constantino— la doctrina grecopagana de la inmortalidad del alma, sustituyó la espera mesiánica de la inmediata llegada del Reino de la libertad sobre la tierra y de la Resurrección de los cuerpos.

Hoy, la única forma aceptable de marxismo es la de un espectro de otro mundo.

Marx, el irreductible, es reducido, a un ‘economista’ o ‘filósofo’ que ofreció ‘una contribución interesante, y hasta importante, pero limitada en el marco del siglo XIX’. Por otro lado, todos los que han sido inspirados por Marx y han luchado o luchan por el desarrollo o la realización de sus ideas son arrojados al infierno de los ‘libros negros’ del nuevo negacionismo.

c) Pero por esta separación, dualista ella misma, el Espíritu descarnado siempre está de regreso; debe retornar para ser conjurado.

El espectro de Marx se le aparece al mismo George Soros o a la redacción del Wall Street Journal, que atormentados por el temible fantasma son obligados a pronunciar su inefable nombre. Este persistente tormento no es más que la manifestación fetichizada de las contradicciones del propio capital.

II. La globalización como espectralización (reflejo exterior) o la mundialización fuera del mundo

Las contradicciones internas del capital se manifiestan en primer lugar como un espectro amenazante, sea bajo el nombre del comunismo, sea bajo la forma indeterminada de un ‘peligro social’ difuso —que se parece en forma extraña a los viejos fantasmas de los tiempos del Manifiesto y de 1848.

En su desarrollo ulterior sus mismas contradicciones tienden, cada vez más, a reducir al capital mismo a un espectro.

a) La mundialización del capital se transforma en el proceso de su espectralización bajo la forma de la financierización.

Los ‘treinta años gloriosos’ de la expansión capitalista de la posguerra basados en la internacionalización del keynesianismo, institucionalizados por los acuerdos del Bretton Woods condujeron a una crisis de sobreproducción del capital, sin precedentes históricos.

Esta crisis de sobreacumulación es la fuerza motriz de la mundialización financiera que le siguió. El capital huyó de la producción, hacia la esfera de la especulación en los mercados financieros que se desregulaban y se mundializaban.

Numerosos estudios establecieron fehacientemente que la famosa ‘globalización’ o mundialización, la palabra mágica de los ‘wiz kids’ de las universidades de Stanford, Harvard y Columbia, corresponde sobre todo y ante todo a una mundialización del capital financiero y de los mercados financieros y no a una integración de las actividades productivas mundiales (4).

Hilferding ya había caracterizado correctamente al capital financiero denominándolo capital abstracto. Es el capital que hace abstracción de las condiciones de su génesis y se opone a ellas como una fuerza alienada y alienante.

El cáracter fetichista del capital toma su forma (y fuerza) más extrema en el capital ficticio, abstracto o financiero.

En épocas anteriores, en las condiciones del modo de producción capitalista, la alienación es falsamente identificada con la objetivación de las fuerzas creadoras del trabajo y se cubría bajo esa identificación (sobre este punto vital ver los análisis correspondientes de Marx y, más reciente, los trabajos sobre la alienación de Bertell Ollman e Istvan Míeszaros).

En nuestra época y sobre todo en este fin de siglo estamos siendo testigos de un vuelco de lo más extraño: la alienación ya no se esconde más detrás de la objetivación sino trás la desaparición aparente de la objetivación. El ‘fin del trabajo’ es celebrado al mismo tiempo que la mítica ‘todopoderosa’ de los mercados financieros mundializados con su esplendor artificial de una fantasmagórica ‘independencia’ de toda base productiva material.

La diferencia abismal entre la economía financiera y la economía ‘real’ es bien conocida, se impone y crece minuto a minuto. Apenas entre el 5% y 8% por ciento de los aproximadamente 1.400 billones de dólares de transacciones cotidianas en el mercado de cambios, correspondería a una transacción internacional ‘real’ en mercancías y servicios (5).

La alienación sin el velo de su identificación ilusoria con la objetivación no está desnuda, por el contrario, la alienación encuentra su disfraz más opaco y mistificante en la desobjetivación aparente, en la espectralización.

La fuente última de todas las grandes ilusiones sobre el capitalismo de este fin de siglo se encuentra en ese exagerado crecimiento de la esfera financiera mundial, que tras su ‘autonomización’ fantasmagórica de la producción material esconde sus lazos indisolubles con ella.

El capital ficticio no puede existir sin el capital productivo, sin apoyarse en última instancia en la producción de la plusvalía y sin tomar una parte de ella.

El mundo fantasmagórico de las finanzas mundializadas es un parásito monstruoso que se alimenta canibalizando el mundo real del trabajo viviente.

b) La dominación del capital financiero en la época del capitalismo decadente alcanza su apogeo en el período de financiazación globalizante de fines del siglo XX. La dictadura de los mercados financieros desregulados no es más que esa ‘dictadura de las abstracciones’ de las que Marx ya había hablado y hecho un pronóstico sombrío.

Una economía orientada hacia el valor de cambio, dominada y regulada por la ley del valor, por lo tanto por el trabajo abstracto, tiende siempre a borrar las diferencias específicas, las cualidades, todo carácter concreto de la actividad humana.

Las famosas líneas del Manifiesto: “Todo lo sólido y permanente se desvanece en el aire, todo lo que era sagrado, es profanado” pueden ser leídas en estas perspectiva, como líneas de una tragedia y no de una epopeya de la modernidad y de la burguesía.

La financiarización representa el último acto de esta tragedia histórica: todo se desvanece en el aire y sube al cielo de las finanzas. La ‘dictadura de las abstracciones’, bajo la forma de la dictadura del capital abstracto toma pleno impulso utilizando para sus fines todos los privilegios de la informática y de las tecnologías de punta.

La movilidad del capital como abstracción alcanza la velocidad de la luz: “destruyendo el espacio gracias al tiempo, es decir, al reducir al mínimo el tiempo que cuesta el movimiento de un lugar al otro” (6).

De esta destrucción del espacio nace un nuevo espacio, un ‘ciberespacio’ de abstracciones, la realidad virtual reemplazando la realidad de los seres humanos vivientes.

La globalización capitalista crea un mundo inmundo fuera del mundo. La dictadura de las abstracciones es la tiranía de lo Espectral.

c) Pero lo Espectral, que es la negación tanto del ser como del no ser, es también el límite; y el límite del capital es el propio capital. Del Manifiesto al Capital, pasando por el primer esbozo de este, los Grundrisse, Marx insiste en que lo que distingue a la era del capitalismo de todos los precedentes, es la apertura mundial, la tendencia del capitalismo hacia “el desarrollo universal de las fuerzas productivas y el cambio incesante de su propia base, como condición para su reproducción” (7).

Pero esta tendencia a la universalidad que quiebra todas las barreras, creando una división mundial del trabajo, el mercado mundial, el carácter mundial de las fuerzas productivas modernas, encuentra en cierto punto que “la barrera más grande en el camino de esta tendencia” es el propio capital y “entonces se mueve hacia su superación por sí misma” (Fundamentos …)

Las tendencias mundializantes del capital, sus efectos, sus nuevas demandas van hacia un conflicto cada vez más violento con el capital como forma forma social.

La globalización financiera de las últimas décadas era, como ya lo señalamos, el producto de la crisis de sobreproducción del capital, es decir la manifestación del hecho de que el capital sobreacumulado encontró su propio límite y no tenía otra salida que volar en el éter del espacio bursátil planetario. Al mismo tiempo, esta huida hacia delante o hacia arriba puso al capitalismo en una posición en la que el brujo ya no sabe dominar las fuerzas infernales que ha convocado” (Manifiesto). La serie de shocks financieros desde el crac internacional de 1987, pasando por la crisis mejicana 1994 y 95 hasta el diluvio de 1997 en Asia Oriental se lo recuerdan a ‘los amos del mundo’.

En efecto la crisis de sobreacumulación de los años 70, era una barrera no superada en los años 80 y 90. Fue transferida a un nivel superior, transformándose en una barrera aún más temible: la sobreacumulación del capital ficticio o abstracto. El capital (re) encuentra su propio límite bajo la forma de espectro.

III. La globalización como transición hacia el comunismo (reflejo determinante) o el fantasma del mundo porvenir.

a) La tendencia a la universalidad es inherente al capital como valor que se autodesarrolla. Pero también, el desarrollo universal es simultáneamente la reproducción ampliada a escala universal de las contradicciones del capital. A un cierto punto histórico, esta universalización de las contradicciones demuestra, de una manera cada vez más violenta, que el capital es “esa forma contradictoria, es él mismo transitorio y produce las condiciones reales para su abolición. El resultado es que el capital tiende a crear esta base que encierra de manera potencial el desarrollo universal de las fuerzas productivas y de la riqueza, así como la universalidad de las comunicaciones, base del mercado mundial. Esta base limita la posibilidad del desarrollo universal del individuo (9).

La transición desde la posibilidad a su realización, por supuesto, no es automática, instantánea, sin contradicciones; se desenvuelve por toda una época, con sus propias contradicciones, sus rupturas, obstáculos, regresiones, zigs zags, impasses, estallidos.

Esta época de transición, es la del ocaso del capitalismo, la que Lenin denominó “el estadio superior y último del capitalismo, el del imperialismo”.

La fosilización de la definición leninista por el stalinismo y formalistas de todo color niega su verdadero contenido dialéctico: el estadio imperialista de esa forma pierde su carácter de época histórica de ocaso y por lo tanto de transición, llena de contradicciones, de sorpresas, de dinamismo en proceso, y se reduce a una situación estática, ahistórica, sala de espera indefinida de “mañanas (tan) lejanas que (ya) (no) canten (más).”.

La época del ocaso capitalista comienza precisamente cuando la tendencia a la universalidad —nacida del capitalismo que lo acompaña desde el inicio—, alcanza el nivel de la mundialización de la división del trabajo, de las fuerzas productivas, del mercado.

Esta mundialización no es estática, dada de una vez por todas. Se desarrolla en zig-zag y en espiral.

En otras ocasiones propusimos un esbozo de periodización de la globalización en tres fases principales hasta ahora.

La primera fase empieza en el último tercio del siglo 19 y termina con el estallido de todas las contradicciones mundializadas en la Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre. Corresponda al pasaje histórico que provocó las grandes controversias sobre el imperialismo y produjo los análisis de Lenin y de Hilferding.

La segunda fase empieza con los acuerdos de Bretton Woods, al final de la Segunda Guerra Mundial, y duró los ‘treinta gloriosos años’ hasta el derrumbe del edificio del Bretton Woods en 1971.

La tercera fase empieza al final de los años 70 y dura hasta ahora; es la etapa de la globalización financiera que intento darle una solución a la crisis en la que culminó la segunda fase de la mundialización.

La espiral de la mundialización en su desenvolvimiento en círculos cada vez más amplios, acentúa “el carácter desigual y cambiando del desarrollo histórico”, “las fuerzas centrípetas y centrífugas del capitalismo mundial” (tal como ya lo había notado León Trotsky, con una profundidad incomparable). Todas las desigualdades y divisiones a escala planetaria se profundizan y, al mismo tiempo, las formaciones sociales y los niveles de desarrollo histórico más diversos se combinan y se enlazan en un conjunto de relaciones cada vez más apretadas, mundializadas, jerarquizadas, polarizando las desigualdades entre países y regiones, creando un espacio-tiempo heterogéneo y polirítmico.

El valor es una “objetividad fantasmagórica” (10), la abstracción de todo carácter cualitativo del trabajo individual concreto, y su reducción a trabajo abstracto como su mediación social necesaria. Por lo tanto, la universalidad, que se desenvuelve con el autoflorecimiento del valor es una universalidad abstracta, premisa y al mismo tiempo obstáculo para la universalidad concreta que se forma sobre la base de la socialización del trabajo humano y de su potencialidad a escala mundial.

La universalidad abstracta de la mundialización capitalista, una universalidad fantasmagórica, fracturada, desigual, polarizada, jerarquizada, anticipativa, es el fantasma de la universalidad concreta, reflejo anticipativo, en negativo del futuro comunista en su génesis en el seno de las contradicciones del presente. Hay una reproducción ampliada de estas contradicciones en cada círculo de la espiral de la globalización: en un cierto punto de las contradicciones acumuladas, estas explotan provocando una crisis mundial (como Nicolai Bujarin lo señaló, con justeza, en su respuesta a Rosa Luxemburgo respecto al imperialismo).

Esta crisis le da un final brusco en la fase de la mundialización y prepara las condiciones y la presión para la fase siguiente.

Así la primera fase terminó con el estallido de la 1ª Guerra Mundial y la revolución socialista. Todos los intentos, durante los años ‘20 y ‘30 de retornar a las condiciones previas a 1914, el repliegue en el cuadro de Estado-Nación, el nacionalismo económico, el proteccionismo, etc., en síntesis, todo esfuerzo realizado de negar la realidad modificada de la globalización de la vida económica no hicieron más que precipitar el desastre, la Gran Depresión, la caída de la humanidad al infierno del fascismo y de una nueva guerra mundial, mucho más sangrienta y destructiva que la anterior.

La segunda fase de la mundialización., después de la 2ª guerra mundial, financiada con los recursos norteamericanos y basada en un keynesianismo internacionalizado e institucionalizado, intentó evitar y retrasar la repetición de una nueva crisis mundial —que llegó, finalmente, con el derrumbe del sistema de Bretton-Woods en 1968-71.

La tercera fase, con la globalización y liberalización de los mercados financieros empieza hacia finales de los años 70 bajo la presión de la crisis de sobreacumulación

El crash internacional de 1997, que tiene su epicentro en Asia Oriental no es simplemente turbulencia financiera localizada; es el estallido de la totalidad de las contradicciones acumuladas con la financiación globalizada.

Cada fase de mundialización y cada esfuerzo para prevenir la crisis que produce, finalmente no hace más que —como ya lo decía el Manifiesto en 1848— “preparar crisis más generales, más formidables y para disminuir los medios de prevenirlas” (11).

Seguramente no puede haber un derrumbe automático del sistema capitalista; pero la disminución de sus medios para prevenir las crisis, su creciente incapacidad para controlar o mediar en sus contradicciones mundializadas, es un signo de su decadencia histórica.

b) como el principio regulador del capitalismo es la ley de valor, la decadencia del rol de esta ley marca la época de la decadencia capitalista (sobre este punto son claros e incisivos los trabajos de Hillel Ticktin).

La declinación del rol regulador del valor se manifiesta bajo distintas formas: la imposibilidad de un retorno al patrón oro (el restablecimiento del patrón oro en los años 20 no hizo más que precipitar el crac del 29), el intervencionismo estatal, el keynesianismo —parejo a esto el giro al antikeynesianismo neo-liberal—, la gigantesca brecha entre la hipertrofia de las finanzas y el valor generado en la producción etc.

Tras toda esta mitología del ‘fin del trabajo’, está el hecho de que las nuevas tecnologías, introducidas en el cuadro de la crisis capitalista, no emanciparon al capital de su necesidad de explotar el trabajo, sino que por el contrario, hacen cada vez más urgente la necesidad de su superación.

En un estadio bastante precoz, Marx analizaba este proceso:

“A partir del momento en que el trabajo, bajo su forma inmediata dejó de ser la fuente principal de riqueza, el tiempo de trabajo deja y debe dejar de ser la medida de valor de uso. El sobretrabajo de las grandes masas dejó de ser la condición de desarrollo de la riqueza general, tanto como el no trabajo de algunos dejó de ser la condición de desarrollo de las fuerzas generales del cerebro humano (12).

El desempleo orgánico que se perpetúa y crece en el último cuarto de siglo, no es el resultado necesario del progreso tecnológico en sí, sino el producto de la crisis de sobreproducción del capital; cualquier esfuerzo para salir de esta crisis de sobreproducción dentro del cuadro del capitalismo sólo puede agravar una situación ya de por sí insoportable. La salida del infierno de la desocupación perpetua no puede ser más que la ruptura del marco capitalista. A su manera, la desocupación, es el índice negativo de que las condiciones están maduras, no para ‘el fin del trabajo’, anunciado por los nuevos ricos del parasitismo bursátil, sino para la abolición de la alienación del trabajo por medio de la abolición del capital.

La desocupación orgánica, anuncia a su manera la muerte de la ley del valor y del mercado.

c) La superación de la forma valor es imposible en el sistema capitalista cuya esencia es la producción de plusvalía “el robo del tiempo de trabajo ajeno” (13).

La contradicción entre la necesidad de superar la forma valor y la imposibilidad de tal superación en el cuadro del capitalismo conduce a las explosiones sociales, a una serie de shocks y crash financieros, a crisis cuyo carácter supera la característica clásica de las periódicas crisis cíclicas.

Toda crisis económica mundial durante este siglo ha sido una crisis de la forma valor. Es el caso del crac del 29 o de la crisis que siguió al derrumbe de los acuerdos de Bretton Woods. Es también el caso de la reciente crisis, ligada al crac en Asia Oriental, cuya profundidad y consecuencias a escala mundial no pueden ni deben ser subestimadas.

La espectacular caída de los ‘Tigres asiáticos’, tras su también espectacular ascenso, es el resultado de todo el desarrollo de la globalización financiera. El resultado no se separa de su proceso de génesis. Lo que se derrumbó, entonces, en 1997, no es sólo la leyenda de los ‘tigres’ y demás países ‘recientemente industrializados’, que son presentados como ejemplo de países atrasados transformándose en países de centro metropolitano; es también la desmentida histórica de la leyenda de que la globalización financiera después de 1980, pudo sacar al capitalismo mundial de la prolongada crisis en la cual acabó la expansión de la posguerra. El triunfo de la ‘economía de mercado mundializada’ se revela más que ilusoria. Detrás de la‘omnipotencia de los mercados’ se encuentra el hecho de que el mercado como tal (y quien dice mercado dice dominación de la forma valor) alcanzó sus límites históricos. De principio regulador de los intercambios se convirtió en el principio de desorganización de la vida económica mundial.

Una observación importante: el cáracter transitorio y por lo tanto el potencial revolucionario de nuestra época se hace manifiesto, no sólo en la periferia, sino también en el centro, más particularmente en Europa, en los períodos que intermedían, entre el agotamiento de una fase de globalización y antes del comienzo de la siguiente.

Así hubo allí un período prolongado de confrontación entre revolución y contrarrevolución en Europa entre 1917 y 1945, entre el agotamiento de la 1ª fase de la mundialización en 1914, y mucho antes del comienzo de la 2ª ola de mundialización con los acuerdos de Bretton Woods en 1944.

Un segundo gran período de luchas revolucionarias internacionales que hizo regresar al fantasma de la revolución socialista en Europa fue el de los años 1968-1974, cuando la 2ª fase de la mundialización, basada en el sistema de Bretton Woods se agota y se derrumba con este último en la crisis y antes del comienzo de la 3ª fase (situado aproximadamente en 1979).

El agotamiento de esta 3ª fase de la mundialización financiera se manifiesta tanto en una serie de sismos en las bolsas internacionales (1987, 1989, 1990, 1994, 1997) como en la lucha social de clases.

La resistencia de las masas explotadas, oprimidas, excluidas, por los desastrosos resultados de la globalización del capital, alcanza un nuevo cáracter cualitativo, en la 2ª parte de la década del 90 con las grandes movilizaciones a escala planetaria, contra el neoliberalismo, de la rebelión zapatista contra el Atena (Nafta), a las históricas movilizaciones de noviembre-diciembre 1995 en Francia y la radicalización que le siguió y que sigue creciendo en casi todos los países europeos contra los dictados de Maastricht.

La mundialización es ante todo, la mundialización de todas las contradicciones del capital hasta el punto de estallido. Es la fuerza motriz de la superación del capitalismo. La globalización no ha enterrado al comunismo. Al contrario. Lo hace renacer.

El parto es doloroso, prolongado, lleno de peligros, de catástrofes inauditas. La hora de la ‘partera’ legendaria —la revolución socialista mundial, ha llegado. La tarea de todos los revolucionarios es, como lo preconizaba el Manifiesto, transformar el espectro en fuerza organizada que para quebrar las cadenas y ganar uno nuevo: el mundo por venir.

Atenas, abril de 1998

Notas

1. Hegel, Science de la Logique, tomo I, Libro II, La doctrina de la esencia, traducción, presentación, notas de P.J. Labarrete y Hwendlin Jansyk, Aubier 1982, p. 1.

2. Ver nota 1, op. cit..

3. Ver Hegel, Ciencia de la Lógica, op. cit. p. 17-33.

4. ver por ej., el libro colectivo coordinado por Francois Chesnais, La mondializatión financiere – Génese, cou et en jeux, Syros 1996.

5. F. Chesnis, op. cit p. 14.

6. K. Marx, Fundamentos de la Crítica de la Economía Política (Grundisse), Anthropos 1972, t II p. 32.

7. (Fundamentos …, op. cit., p. 34).

9. (Fundamentos …, op. cit. p. 35).

10. (K. Marx, El Capital)

11. Ed. Sociales 1967. p. 40.

12. (Fundamentos …, op. cit. p. 222).

13. (Op. cit.).

Fuente: En defensa del Marxismo num. 21, Octubre 98
Revista teórica del Partido Obrero (Argentina)
http://archivo.po.org.ar/edm/index2.htm

Un pensamiento en “La mundialización como espectro del capitalismo”

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