Reflexiones sobre la crisis del euro


Rolando Astarita

La crisis del euro brinda la oportunidad de analizar la relación la mundialización del capital y las políticas de los Estados, y el rol de la moneda; así como sobre la dinámica de las crisis financieras. En lo que sigue presento algunas reflexiones sobre el tema. Dada la extensión de la nota, la he dividido en dos partes. Aquí presento la primera.

Tipo de cambio, productividad y euro

Desde el punto de vista de la teoría del valor trabajo puede decirse que el trasfondo de la crisis del euro consiste en que la moneda única ha conectado espacios nacionales con productividades promedio muy desiguales. Es que el nivel más básico, o “estructural”, de determinación del tipo de cambio, está ligado a las productividades relativas. Como he analizado en otros trabajos, es esta determinación de fondo la que explica, por ejemplo, por qué los países subdesarrollados -atrasados tecnológicamente- tienden a un tipo de cambio real alto.

(Aclaración: en lo que sigue el tipo de cambio real es igual al tipo de cambio nominal multiplicado por el índice de precios externos, dividido por el nivel de precios internos. El tipo de cambio real mide así el poder de compra de la moneda en términos de canastas. El tipo de cambio nominal es el precio del dólar en términos de la moneda del país considerado. Por este motivo una suba del tipo de cambio real equivale a una depreciación, en términos reales, de la moneda bajo consideración).

El tipo de cambio alto implica que en estos países los salarios son relativamente bajos (en términos de la moneda mundial, por ejemplo el dólar). De la misma manera, cuando una moneda se deprecia en términos reales, ello significa que determinada cantidad de horas de trabajo del país atrasado se traducen en la generación de menos horas de valor, en el mercado mundial, que antes de la depreciación. Dada la creciente internacionalización de la economía –la relación entre comercio mundial y Producto Bruto Interno (PBI) mundial pasó de poco menos del 16% en 1985 a 30% en 2008-, la competitividad relativa y el tipo de cambio real, cobran una importancia difícil de exagerar.

Por otra parte, y en un segundo nivel de determinación, el tipo de cambio se vincula a las variables económicas fundamentales. Estas son, por lo menos, la cuenta corriente; el estado de las reservas; el nivel de deuda externa (incluyendo su estructura temporal); las inversiones y su destino; la rentabilidad del capital; el crecimiento del país; las variaciones de las monedas de los socios comerciales principales; y tasa de interés. Por último, en un tercer nivel de determinación, encontramos los movimientos financieros especulativos. Según el punto de vista que defendemos aquí, la especulación no genera tendencias, pero se monta sobre éstas y las profundizan.

A partir de este esquema, podemos decir entonces que la contradicción básica del sistema del euro es que el euro ha unificado países con productividades muy desiguales, y ha estimulado movimientos en las variables macroeconómicas que agudizaron esa desigualdad. Sin que, por otro lado, hubiera posibilidad de accionar mecanismos políticos compensadores. Con este telón de fondo, los movimientos especulativos agudizaron el problema. Veamos la cuestión con algún detalle.

En lo que respecta a la productividad, hay una fuerte ventaja del capital germano (habría que agregar Países Bajos, Finlandia, parcialmente Francia) con relación a los países más débiles, en especial Grecia, Portugal y hasta cierto punto España e Italia. Esta diferencia estaba presente al momento del lanzamiento del euro y no se achicó en los años que siguieron. Italia y España experimentaron una pronunciada caída en el crecimiento de la productividad del trabajo entre 1999 y 2008; de hecho, en promedio, prácticamente no creció en ninguno de estos países. En Grecia, en cambio, se incrementó la productividad, pero no se achicó la brecha con Alemania. A su vez esta situación se vio agravada por la evolución de las variables macroeconómicas. Es que desde el lanzamiento del euro hubo una fuerte caída de las tasas de interés en los países más débiles, lo que alimentó booms de demanda -bienes de consumo y/o construcción residencial, según los casos- en Grecia, Irlanda y España. Lo cual empujó hacia arriba los costos salariales y los precios internos en relación con los otros países europeos, en especial Alemania, con sus efectos sobre los tipos de cambio reales. Desde 2000 hasta fines de 2010, los costos laborales en Alemania bajaron cerca del 7%, mientras que los costos laborales de todos los demás países aumentaron, desde el 11% en Francia hasta el 22% en Irlanda.

Como consecuencia de estas evoluciones, no es de extrañar que en términos reales el euro se depreciara para algunos, y se apreciara para otros países. Entre el primer trimestre de 2001 y el tercero de 2008 el tipo de cambio real aumentó (lo que implica mejora de competitividad) para Alemania, Austria y Finlandia, en aproximadamente un 2% a 3% (véase Di Mauro et al, 2010, también para los datos que siguen). Sin embargo, se apreció en términos reales un 10% para el conjunto de la zona del euro, desde casi un 5% para Italia, al 14% para España y, en el extremo, 24% para Irlanda. Naturalmente, esto afectó las competitividades relativas, no solo con respecto a Alemania, sino también con respecto a otras partes del mundo. En este punto debe tenerse en cuenta que precisamente los países con menor desarrollo tecnológico relativo compiten con los países que más se concentran en la producción de tipo trabajo intensivo. Por ejemplo, Portugal es el país de la zona del euro con mayor grado de solapamiento con China en especialización exportadora (medida para 72 industrias), con más del 50%. Le siguen España, Italia, Grecia y Austria. No es casual que Portugal, Italia y Grecia fueran los que más porciones de mercado perdieran cuando estalló la crisis. El caso de Grecia lo hemos tratado en otra nota (ver aquí: http://rolandoastarita.wordpress.co…). El de Portugal también es ilustrativo. Con precios y salarios más altos, la liberación de las importaciones de textiles asiáticos en los 90 perjudicó de lleno a la economía; luego la entrada de China en la OMC aumentó la presión competitiva. Hoy los capitales exigen que se flexibilice el trabajo, y bajen los costos laborales, y se desregularicen los servicios. Algo similar se está pidiendo para Italia, el único país de la zona del euro que experimentó incluso una caída de su PBI por habitante en los 2000.

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