“¿Qué hace falta para salir de la crisis?”


 José A. Tapia Granados

Las turbulencias que se han producido en la economía mundial en los últimos meses hacen muy previsible una nueva crisis financiera como la del 2008. La deuda acumulada en los balances de los bancos y de los Estados y las escasas perspectivas de una reactivación de la economía mundial que pudiera echar tierra sobre esas deudas y “tirar el balón fuera del área” no parecen dejar mucho espacio para la duda.

Las masas astronómicas de dinero que hasta el comienzo de la crisis del 2007 circulaban en los mercados financieros internacionales buscando inversiones que rindieran “algo decente” y que después del 2009 volvieron en cierta medida a los mercados de valores haciendo que subieran las bolsas han sido cada vez más reticentes en meses recientes. La subida de los precios del oro, “inversión” que no solo no rinde nada sino que conlleva gastos asociados (de custodia, etc.) indica que muchos inversores tienen miedo de otra caída catastrófica de los mercados financieros y prefieren apostar al metal dorado. El dinero sigue afluyendo a los bonos del Tesoro de EEUU, considerados al menos como un activo “seguro”, a pesar de haber sido devaluados de categoría AAA a AA+ por la agencia Standard & Poors. Pero las agencias de calificación también han devaluado la deuda de varios pases europeos y la crisis de la deuda griega sigue creciendo como una bola de nieve, con la perspectiva de crisis financieras importantes en otros países europeos frente a las cuales ni el Banco Central Europeo ni los que mandan en la Unión Europea (Alemania y Francia) saben qué hacer.

Desde la crisis financiera del 2008 la demanda agregada ha sido débil en casi todos los países y en algunos como España la recuperación nunca se produjo. Pero la demanda agregada tiene dos componentes básicos, consumo e inversión, y ambos han estado deprimidos en años recientes. La inversión, que no es otra cosa que el uso de dinero líquido para adquirir bienes de capital o pagar salarios, se ha recuperado muy débilmente desde la recesión del 2007-2009. En general hoy resulta evidente que en la economía mundial las oportunidades de inversión son escasas, no hay buenas opciones que prometan rendimientos aceptables. Como indica el New York Times en primera página (25-10-2011) las cuentas corrientes de los bancos rebosan dinero, que ni sus propietarios ni los gerentes de los bancos saben cómo invertir. Todo parece indicar que la rentabilidad del capital está baja en general. Por otra parte, en Norteamérica, en Europa occidental y en general en los países de alto ingreso el consumo está en gran parte congelado por el endeudamiento de los hogares y por el altísimo volumen de desempleo, mientras que en los países de bajo ingreso los salarios son tan bajos que de ellos poca demanda agregada de consumo cabe esperar.

¿Qué hace falta entonces para que se reactive la economía mundial?

La solución keynesiana es básicamente el aumento del gasto público y, en alguna medida, medidas directas para favorecer el consumo reduciendo la deuda de los hogares. De la misma forma que el que tiene una hemorragia necesita un torniquete o una intervención quirúrgica y no buenos consejos sobre cómo evitar la obesidad y llegar sano a la senectud, dicen los keynesianos, la economía necesita un arreglo a corto plazo y de nada sirven los sermones sobre la sostenibilidad fiscal y sobre la necesidad de moderar el gasto público para reducir la deuda nacional. Según los keynesianos hay que aumentar el gasto, tomar medidas “agresivas” para reducir la deuda de los hogares mediante condonación y refinanciamiento de las deudas hipotecarias y las autoridades monetarias (la Reserva Federal estadounidense, el Banco Central Europeo, etc.) deben iniciar una ofensiva en todos los frentes para hacer que la economía “se mueva” y así disminuya el desempleo. En esta línea, en el Reino Unido se ha propuesto que se cree un Banco Nacional de Inversión a partir de bancos como Lloyds-TSB y RBS en los que hoy el Estado tiene una participación mayoritaria como consecuencia del salvamento de esos bancos en la crisis del 2008.

Lo que proponen los keynesianos parece tener serios problemas de factibilidad. En EEUU aumentar el gasto público se da de bruces con la oposición no solo de los republicanos sino de gran parte de los demócratas y del mismo presidente Obama. Por otra parte, la condonación y el refinanciamiento de las deudas hipotecarias no serían de ninguna manera bien vistas por quienes son acreedores de esas deudas. Dada la enorme cantidad de deudas incobrables o de dudosa cobrabilidad (sean hipotecas ninja, préstamos a empresas en apuros, o empréstitos al Estado griego, al Estado de California, o a algún otro Estado) que hoy pesan como plomo en los balances de los “agentes financieros” que poseen los títulos de esos préstamos (bancos, fondos de inversión o inversores privados), los acreedores no quieren ni oír hablar de tales medidas. Como, además, los bancos y los representantes del capital financiero en general tienen muy buena comunicación con los gobiernos, es poco previsible que se vayan a aceptar ahora medidas que puedan reducir sus utilidades después de haber pasado el huracán del 2008 gracias a las ayudas públicas. En Europa la solución propuesta por los keynesianos requeriría además una coordinación fiscal de los Estados parte de la Unión Europea, coordinación que no existe y sin la cual parece impensable que un gobierno (como el español, el italiano, o el griego) pueda lanzarse a “aventuras” keynesianas. No hay dinero disponible, a no ser que se lo imprima. Y no hay voluntad política de imprimirlo.

¿Dónde está el dinero, pues?

Cualquier examen superficial de las noticias financieras indica que hay enormes masas de dinero que no saben adónde ir. El dinero está “escondido” en las cajas fuertes de los bancos, “invertido” en lingotes de oro, en francos suizos o en bonos del Tesoro de este o aquel país todavía considerado “seguro”. Puede ser que los bancos sean reacios a dar créditos, pero la realidad es que no son muchos quienes buscan créditos para la inversión cuando no hay buenas opciones para invertir. Incluso, en más de un caso, quienes poseen ese dinero y no saben qué hacer con él, deciden gastárselo. ¿Quizá por miedo a perderlo? Según informaba la prensa recientemente, las tiendas de moda de la Quinta Avenida neoyorquina tienen listas de espera para adquirir zapatos de hasta 1000 y 1500 dólares el par y vestidos diez veces más caros. 

“¡Qué escándalo, con tanta gente desempleada y que en vez de invertir en actividades productivas los ricos se lo gasten en lujo!” Este podría ser el comentario moralista de quien no entienda que para producir esos zapatos o esos vestidos han hecho falta procesos productivos para los que se han adquirido insumos y por los que se han pagado salarios. No es menos generador de actividad económica la adquisición de diamantes para lucirlos en el cuello que el consumo de pan y cebollas para nutrirse. Pero lo que sí es evidente es que el que grandes masas de dinero se queden en forma liquida o semilíquida sin invertirse directamente en actividades generadoras de producción hace que no se creen puestos de trabajo. Cada caída de la bolsa refleja la decisión de miles de propietarios que deciden hacer líquida su participación en la propiedad de empresas.

Y entonces, ¿qué haría falta para que ese dinero se invirtiera en actividades productivas y pusiera “la economía” a trabajar? Lo que hacen falta son “oportunidades de inversión”, nos dirán los economistas y los empresarios. Pero, ¿cómo se crean esas oportunidades?

La respuesta de los economistas conservadores es siempre la misma, recórtense impuestos y dense facilidades a las empresas para que sea más fácil producir. Pero, inclusive con impuestos reducidos o nulos, o incluso con subvenciones (y no son pocas las que tienen las empresas, en todo el mundo), las inversiones tienen poco sentido cuando la rentabilidad esperada es escasa o dudosa. Esa rentabilidad esperada, que Keynes llamaba eficiencia marginal del capital, puede ser baja porque hay poca demanda; o porque hay exceso de capacidad; o porque los salarios son “demasiado altos”; o por alguna combinación de todas estas cosas. ¿Quién invertiría en microchips ahora que la capacidad para producirlos es mucho mayor que la capacidad del mercado para absorberlos? ¿Para qué construir viviendas cuando las hay disponibles a miles esperando la ejecución de la hipoteca? ¿Y, además, por qué invertir en España, en Grecia o en EEUU cuando los salarios son mucho más bajos en la India, en China o en Rumania?

Todo esto, de todas formas, está en vías de solución. Veamos la cuestión de los salarios. Desde que comenzó la crisis en el 2008 los salarios han estado bajando prácticamente en todos los países. En el caso del Reino Unido la intensa contracción salarial que está teniendo lugar solo tiene precedentes en las grandes recesiones que ocurrieron en Gran Bretaña en los años siguientes a la primera guerra mundial. En cuestión de meses el “ajuste salarial” que piden muchos economistas se habrá producido. Y, de hecho, será tanto más rápido cuanto más desempleo haya y menos prestaciones se den a los desempleados: la letra con sangre entra.

El otro problema, también en vías de solución, si no se le ponen trabas, es el exceso de capacidad productiva. ¿Para qué invertir en un mercado de productos X que puede absorber 80 cuando actualmente se producen 79 y hay capacidad para producir 120? Esto se resolvería, sin embargo, si de las empresas que producen X quebraran unas cuantas, de tal forma que la capacidad se reduzca a 60 o, incluso, mejor, a 40. Las empresas quebradas (sean bancos, empresas automovilísticas, hoteleras, inmobiliarias o de cualquier otro tipo) serán además excelentes oportunidades de inversión. El inversor que llegue en el momento oportuno podrá adquirir los bienes de capital de alguna de estas empresas “a buen precio” y muchas veces no tendrá que hacer frente a compromisos salariales. Podría así poner en marcha la empresa en las mejores condiciones de rentabilidad. Todo ello está en camino, las inversiones árabes en las cajas de ahorros españolas son un ejemplo de eso. A medida que se profundice la crisis, más empresas quebrarán, más bajarán los salarios, más deudas se liquidarán y mejores condiciones habrá para que los inversionistas que sobrevivan (otros quebrarán) reinicien la actividad y se abra así un nuevo periodo de expansión. Pero, eso sí, hay que dejar que el mercado funcione y que quiebren quienes tengan que quebrar. ¿Querrán quienes son propietarios de empresas del tipo que sea que se deje que este proceso llegue a su fin? Eso no está ni mucho menos claro, como lo prueba el respaldo general de los gobiernos a los bancos de sus países y los rescates del 2008-2009, con dinero público, no solo de bancos y empresas del sector financiero, sino de empresas industriales como General Motors y Chrysler. Mucho más probable es que si la crisis financiera vuelve a poner a muchas grandes empresas al borde de la quiebra, los empresarios en masa reclamen medidas para proteger sus entidades. Pero mientras haya exceso de capital, no habrá recuperación.

La alternativa es dejar que el mercado obre por sí mismo y que unos cuantos cientos o quizá miles de empresas en todo el mundo quiebren, haciendo que el volumen de desempleo mundial se eleve de los cientos de millones actuales a miles de millones. Ello liquidaría las deudas, eliminaría el exceso de capital y generaría nivel salariales “ajustados”, probablemente a niveles chinos. Y, finalmente, llegaría la ansiada recuperación.

El problema es, sin embargo, que ese proceso, que muy probablemente ocurrirá, creará un enorme estrés social que no se sabe dónde puede llevar. En los países del Norte de África ha llevado a la caída de Ben Ali, de Mubarak y de Gadafi; en España ya ha llevado al movimiento de los indignados que ha ocupado la Puerta del Sol y el centro de la atención pública de todo el país; en Israel, a las manifestaciones y protestas masivas de meses recientes. En Bahrain, Siria, Yemen y Marruecos a protestas cada vez más airadas contra las élites gobernantes y el autoritarismo. En Grecia, a huelgas generales contra el gobierno recientemente electo. En EEUU al movimiento de ocupación que ha creado focos de protesta permanente en Nueva York y otras muchas ciudades. Quizá puede pensarse que todos estos son fenómenos distintos que no están relacionados entre sí. Ciertamente Mubarak no es Mister Cameron, ni Rodríguez Zapatero “tiene nada que ver” con Netanyahu, ni con Ben Ali, ni con Gadafi. Pero, ¿no es demasiada coincidencia que ocurran a la vez todas estas cosas?

Desde la crisis del 2008 la especulación financiera en productos alimentarios ha provocado enormes oscilaciones de precios que han puesto a grandes sectores de la población de los países pobres al borde del hambre. Se ha dicho que las revueltas del mundo árabe se han debido en buena parte al encarecimiento de los alimentos. Pero en décadas recientes la obesidad por exceso de ingreso calórico y falta de ejercicio físico se ha convertido en un mal endémico en gran parte del mundo.¿Qué sistema económico mundial es este en el que la escasez nace de la abundancia?

En una información sobre la huelga general contra las medidas de austeridad del gobierno del PASOK —el Partido Socialista Panhelénico de George Papandreou, que tantos parecidos tiene con el gobierno del PSOE— el New York Times (20-X-2011) recoge la opinión de Anastasia Dotsi, empleada de banca jubilada, de 70 años, que asistía a una de las manifestaciones motivada por su indignación contra el gobierno. “No hay precedentes de lo que está ocurriendo”, dijo la jubilada. “Son ya dos años de políticas de austeridad, nos están aplastando como pueblo”. Anastasia dijo que su hijo y su hija, que trabajan en el sector privado, no habían recibido su salario este mes y estaban teniendo dificultades para pagar sus hipotecas y mantener a sus familias. “Nunca he sido izquierdista, siempre voté al PASOK. Me considero una persona de clase media. Pero nos están empujado a convertirnos en extremistas”.

La ortodoxia económica dice que nuestro sistema económico tiende al equilibrio y que dejado a sí mismo, se recupera y vuelve a crecer, produciendo riqueza para todos. Por una parte, es cierto, porque el sistema, como vieron Karl Marx, Joseph Schumpeter y Wesley Mitchell, tiene mecanismos intrínsecos para resolver las crisis. Por otra parte, es falso, porque los mismos mecanismos que hacen que las crisis se resuelvan hacen que de forma recurrente haya crisis que generan un enorme sufrimiento social y que, de esa forma, ponen en riesgo la existencia misma del sistema. Porque, además, cuando el sistema “está sano” y “hay prosperidad”, son los privilegiados quienes más se benefician. Que el crecimiento económico crea prosperidad para todos no está tan claro, cuando los empleos precarios y los contratos-basura son cada vez más frecuentes. Y cuando se aumenta la edad de jubilación. Y se reducen los impuestos a los ricos. Cada vez hay menos simpatía por personas como Bill Gates, Paco el pocero u otros banqueros o empresarios de esos que “crean riqueza”.

Si la gente de a pie está dispuesta a aguantar esa dinámica, solo los próximos años lo dirán.

Artículo aparecido en Rebelión

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s